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Peñíscola y la Sierra de Irta
Enclavada en la Costa del Azahar, en la provincia de Castellón, fácilmente comunicada por autovía o por tren, Peñíscola se alza como una de las joyas del Mediterráneo. Esta ciudad amurallada, coronada por el imponente Castillo del Papa Luna, combina el encanto de su casco histórico con sus playas doradas, con los paisajes naturales de la Sierra de Irta y con una rica tradición gastronómica. ¿Alguien da más?
Y es que Peñíscola mantiene un idilio permanente con el Mediterráneo. Lo primero que cautiva de ella es la belleza de la fortaleza erguida sobre un acantilado frente al mar que nos lleva a pensar en cuentos y en leyendas. Ampliando el foco descubrimos que esta localidad se encuentra en un entorno privilegiado: el Parque Natural de la Sierra de Irta. Y es que no todo el mundo sabe que Castellón, además de sus playas, es una de las regiones más montañosas de Europa.
Peñíscola enamora a primera vista. La ciudad antigua, coronada por la que fuera morada del Papa Benedicto XIII, ocupa un peñón que se alza 64 metros sobre el azul del mar y está unido al continente por un cordón de arena que tiempo atrás era barrido por las olas durante los temporales, transformando a la ciudad en una efímera isla. Adentrarse en su imponente castillo, construido en el siglo XIII por los caballeros templarios, supone sumergirse en una serie de leyendas apasionantes, como la de aquel tesoro compuesto por cofres repletos de oro, piedras preciosas y un manuscrito de Salomón, que nunca fue encontrado y que se dice que aún permanece escondido en algún lugar de la fortaleza.
El casco antiguo invita a perderse entre un laberinto de callejuelas empedradas, estrechas y serpenteantes, donde cada rincón cuenta una historia. Las fachadas blancas adornadas con flores, los balcones de forja, las pequeñas tiendas de artesanía y las terrazas escondidas nos traen lo mejor de la esencia mediterránea.
Hay mucho que ver en Peñíscola: el Parque de Artillería, con palmeras, olivos, lavandas y flora autóctona del Parque Natural de la Sierra de Irta, el Museo del Mar, que rinde homenaje a la tradición marinera o el Bufador, ese agujero formado de manera natural en la roca que permite el paso del agua del mar y emite un característico aullido.
Con tantos encantos no resulta extraño que Peñíscola haya sido elegida escenario cinematográfico en tantas ocasiones. Aquí se rodó El Cid, con Sofía Loren y Charlton Heston como protagonistas, París Tombuctú, de Luis García Berlanga o series tan populares como Juego de Tronos.
A pocos minutos del bullicio turístico, la Sierra de Irta ofrece un contraste sorprendente: 13.000 hectáreas de parque natural donde la montaña se encuentra con el mar formando bellas calas o impresionantes acantilados. Esta sierra, considerada una de las últimas sierras vírgenes de la Comunitat Valenciana, fue declarada Parque Natural en 2002. Conserva una belleza salvaje, con senderos que serpentean entre pinos, con acantilados, calas solitarias y ruinas de antiguas fortalezas como la de Polpís o Santa Lucía. Es ideal para senderistas, ciclistas o simplemente para cualquier amante de la naturaleza.
Existen en el Parque Natural más de una docena de rutas tanto senderistas como para ciclistas, todas bien señalizadas y con diversos grados de intensidad. Algunas de ellas discurren por caminos paralelos al mar y son ideales para disfrutar de la naturaleza y contemplar las playas y las calas más bellas. La ruta más emblemática, compendio de la hermosura de esta Sierra, es la Ruta Circular por el Mas del Senyor, Clot de Maig, Dunas del Pebret y Torre Badum.
Los amantes del ciclismo disponen de tres itinerarios diferentes: la Ruta del Cranc, con una dificultad baja, que recorre poco más de 13 kilómetros de distancia, la Ruta del Xoriguer, con algo más de dificultad y 17,3 kilómetros, y la Ruta del Fardatxo, de solo13,5 kilómetros de distancia, pero muy exigentes.
Y por supuesto no podemos olvidarnos de su gastronomía. La Comunitat Valenciana es la cuna de la paella, el plato español más conocido, pero existen más de 300 recetas diferentes elaboradas con arroz e ingredientes del mar y la huerta, como el Arroz a Banda, un arroz de pescado que se elabora en seco o el Arroz Rossejat (tostado), típicos de la provincia de Castellón. En Peñíscola, es posible además degustar platos como la Zarzuela de Pescado, un guiso con un buen fondo de pescados y mariscos de sus costas, el All i Pebre de rape o los caragols punxents con D.O Peñíscola y los langostinos, que son protagonistas de unas Jornadas gastronómicas que se celebran todos los años en la ciudad.
Nada más placentero que degustar un arroz, un pescado o un marisco fresco, sentados en alguna terraza del casco antiguo o a lo largo de sus cinco kilómetros de playa
Y es que visitar Peñíscola es mucho más que disfrutar de sus playas y de su castillo. Es perderse entre su historia, saborear una cocina que mira al mar y conocer la imponente naturaleza que la rodea.
Ya sea para una escapada o unas vacaciones, Peñíscola y su entorno ofrecen algo único: un rincón del Mediterráneo que aún conserva su alma.
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